El “mafé”: una delicia africana

En nuestra última excursión a Lille el pasado diciembre, para ver el célebre mercadillo navideño, terminamos comiendo en Les cinq marmitesun diminuto local en el número 47 de la céntrica plaza Rihour. En la entrada, una insignia con forma, claro, de mamita; y la etiqueta cocina “afropea”. No tiene pérdida:
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Dentro, un par de mesas amarillas, más gente de la esperada (tuvimos suerte de poder sentarnos: fue un sábado de hordas navideñas a mediodía, pero seguramente en días de diario esté más tranquilo), una mini-barra para comidas veloces, un par de cuadros de tonalidades ocres, unos bidones con llamativas bebidas naturales de jengibre, una nevera con cervezas importadas y, en el mostrador, cinco marmitas humeantes. Cada una de ellas con un guiso exótico. Según la pareja responsable (igualmente “afropea”: de ahí la idea del lugar), las propuestas se renuevan todos los lunes y se aceptan ideas de los clientes de cualquier rincón del planeta para futuros platillos.

La cubertería y los recipientes son de madera y cartón reciclados, estilo fast food modernete guay. Hay posibilidad de elegir entre tres tamaños de plato, lo que está estupendo si se prefieren compartir varias cosas o si es la primera vez que se prueba este tipo de cocina.

De entrante, optamos por los alokos: un aperitivo típico de Costa de Marfil, a base de trocitos de plátano macho bien fritos. ¡Riquísimo!

Como plato principal, Eme tomó un impresionante mafé de pollo y yo un saka saka de bacalao con hojas de yuca. Ambos son platos muy populares en muchos países de África e incorporan pasta de maní o cacahuete, aceite de palma, cebollas, ajos, pasta de tomate, chiles, verduras y especias varias. El saka saka proviene del África central (Gabón, Congo, Camerún), mientras que el mafé maafe tiene su origen en Mali, en los pueblos bambara y mandinga. A los senegaleses también les chifla y la etnia wolof igualmente lo considera su plato típico.

Pagamos diez euros por cabeza, bebida incluida.

Estas especialidades se sirven acompañadas de abundante arroz blanco hervido, que puede aromatizarse con aceite de sésamo o el condimento de nuestra elección. En casa, hoy hemos recreado el mafé a nuestro modo: con tofu en lugar de carne, tomate frito en lugar de concentrado y las verduras que teníamos a mano. Esto es: zanahorias, calabacín, aceite de oliva gaditano y pimientos a falta de yuca, nabos, chiles o aceite de palma. Para la salsa de cacahuete, que constituye el secreto del guiso, hemos usado dos cucharadas soperas de una mantequilla de cacahuete ecológica y sin aditivos hecha en la France de los franceses (vide infra).

Después de ver muchos vídeos y de leer infinidad de recetas, la conclusión fue que, como ocurre con nuestra paella o tantos platos en el corazón de tantas identidades nacionales / regionales, no hay manera de ponerse de acuerdo: el mafé auténtico es el de cada casa. El consenso es imposible. De manera que optamos por inventarnos el nuestro propio: rehogar las verduras, añadir el tofu, sazonar por instinto, disolver la mantequilla de cacahuete en agua y tomate, dejar que el conjunto haga chup-chup alegremente unos veinte minutos… Nos ha gustado mucho el resultado:

 

La mantequilla de cacahuete, por cierto, ha sido mi hallazgo de los últimos tiempos. Como untable en pan o fruta; para acompañar los cereales, la avena o el muesli… Una fuente de energía saludable (siempre y cuando se escoja una marca sin azúcares ni porquerías añadidas, en lugar del típico procesado yankee) y ¡deliciosa!

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