La taquería del Alamillo (Madrid)

 

 

Tengo el don -o la maldición, según se mire- de recordar siempre el lugar donde probé por vez primera un platillo delicioso. También los truños máximos.

La madrileña taquería del Alamillo, en la calleja homónima paralela a la calle Segovia y al viaducto popularmente conocido como “de los suicidas”, ostenta el honor de ser mi primer (buen) recuerdo de mesa mexicana. Fue de adolescente noventera, con mis padres y mi hermana. Esto es, in illo tempore.

Me marcaron entonces, además de la calidez del saloncito amarillo con coloridas bancas corridas, las enchiladas de mole poblano.

Anoche, tanto tiempo y tantos molcajetes después, acudí a la taquería del Alamillo en buena compañía pero ligeramente recelosa, no fuera a ser que la realidad no le llegara al recuerdo ni a la suela del zapato.

Por suerte, no fue así. El mole poblano, aunque más picantuelo de lo esperado, no defraudó en absoluto. Tampoco las tortillas caseras de maíz, calentitas y, como debe ser, del tamaño exacto de la palma de la mano. Ni el molcajete de cerdo ahumado, el guacamole con crujiente de queso, las micheladas (con y sin alcohol), el pastel de tres leches y la crêpe de cajeta con helado, deliciosa y chorreante.

Salimos cada prima (éramos cinco) a 22 euros aproximadamente. Hubo chupitos de tequila a cuenta de la casa. Y brindis, claro, por el nuevo año, que sin duda traerá bonitas novedades y aventuras.

¡Estamos listas, 2019, para comerte enterito!

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