La bahía del Somme

La bahía del río Somme forma parte de los 80 kilometrillos de costa atlántica, más o menos, que tenemos en la región de Picardía. Pocos, pero de calidad, oigan. Desemboca en el Canal de la Mancha, sus playas son de guijarros (mis preferidas) y está catalogada como reserva natural, por su gran riqueza ecológica en general y ornitológica en particular.

El punto más al norte de la bahía sería la localidad de Saint-Quentin-en-Tourmont. El más al sur, el cabo de Hourdel, donde estuvimos Eme y yo el fin de semana pasado saludando a las focas. Han leído ustedes bien. Desde la punta Le Hourdel, en la comuna de Cayeux-Sur-Mer, puede verse, con la marea baja, una simpática colonia de focas (bueyes marinos grises y negros) descansando tan pichis en los bancos de arena. No íbamos equipados con prismáticos ni objetivos potentes, de modo que esta es la mejor foto que pudimos tomar de los animalillos:
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Una birria, sí.

Pero lo que cuenta es la emoción de saberse cerca de estos majestuosos animales salvajes, escucharlos, verlos mover con torpeza sus 100 kilos a ratos por la arena y nadar gráciles, como si en el agua pasaran a pesar lo que una pluma. Una pasada.

En la playa, por cierto, sorprenden los imponentes restos de un blockhaus de la segunda Guerra Mundial, que debió de servir para el desembarco de los aliados desde las costas inglesas. El clima era estupendo y, como se ve, no éramos los únicos paseantes en busca de azul y sol:

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Previamente, habíamos comido en una terraza soleada en Le Crotoy, del otro lado de la bahía. Nos gustó mucho esta instalación en homenaje a las mujeres luchadoras, con motivo del Día Internacional del Cáncer de Mama:

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Eme optó por las chuletas de agneau de pré salé, típico de la región (también del entorno del Mont-Saint-Michel, en Normandía): cordero de prado salado, es decir, criado en los pastos regados por la característica mezcla de agua dulce y salada de las marismas de la bahía. Se lo sirvieron con patatas fritas, ensalada y un exceso de salsa al romero con base de chalotas. Se supone que la carne del cordero de pré salé, en comparación con el resto, tiene un sabor yodado inconfundible. En este caso (ya fuera por la salsona, porque no tenemos el morro lo suficientemente fino o porque nos vendieran como denominación protegida un bicho estándar), nosotros no fuimos capaces de apreciarlo.

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Yo me di al pescado, claro. Ala de raya en moje de mantequilla y alcaparras. Riquísima, fresquísima, suavísima. Absolutamente nada que objetar.

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De beber y a modo de aperitivo, unas ostras y birra local, que escogimos por su nombre guasón: “rasca-culos” (gratte-cul). Tostada y con cuerpo, a base de escaramujo. Otro acierto.

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Antes de emprender el camino de regreso, nos hicimos, en una panadería del pueblo, con un gâteau battu, anunciado por todas partes como especialidad finísima de la repostería picarda. No es más que un bizcocho corriente y moliente: huevos, harina, mantequilla, azúcar, sal y levadura. Tal vez porque la forma nos hizo esperar algo similar al panetonne o al kugelhopf alsaciano, al probarlo nos llevamos un pequeño chasco. Nada que una buena taza de chocolate espeso para mojar no pueda remediar.

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