Rosquillas de nata de mi madre

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Ingredientes: 

-800 gramos de harina de trigo.

-4 huevos.

-un vaso de nata líquida.

-10 cucharadas de azúcar (o 12, para los muy golos@s).

-dos sobres de levadura.

-azúcar y canela para el rebozado final (opcional).

Modus cocinandi:

-Se baten los huevos y se añaden el resto de ingredientes.

-Se amasa todo hasta formar una mezcla de consistencia firme y sin grumos.

-Se deja reposar varias horas la masa, cubierta con un paño de cocina limpio. Pasado ese tiempo de reposo, se vuelve a amasar sobre la mesa limpia enharinada.

-Con las manos igualmente enharinadas, para evitar que la masa se nos pegue, se van formando bolitas del tamaño de pelotas de ping-pong. Después, se moldean en forma de churros y se les va dando forma de rosquilla.

-Se fríen en bastante aceite mezclado (de girasol y oliva) bien caliente, con cuidado de que no se nos quemen y paciencia.

-Se escurre el exceso de aceite en papel absorbente y, cuando las rosquillas estén ni muy frías ni muy calientes, se les da el toque final del rebozado en azúcar con canela.

***

Estas cantidades dan para una buena bandeja a rebosar, esto es, para desayunar o merendar con mesura una familia de cuatro durante una semana, además de para tener un detalle con alguien querido regalándole unas cuantas.

Mi madre las hizo ayer mismo y a todos han gustado mucho. He pasado sin muchos problemas dos bolsitas de media docena cada una por el control de seguridad del aeropuerto. Menos mal, porque de lo contrario el segurata de turno y la menda habríamos salido en los papeles.

La textura no resulta tan esponjosa como la de las clásicas rosquillas que incorporan aceite de oliva en su masa. Tampoco se parecen mucho en el sabor, pues estas no llevan un ingrediente que suele ser muy común en estos dulces castellanos y a mí me encanta: el anís.

Personalmente, prefiero las rosquillas anisadas de toda la vida, tal y como las hacía mi abuela (y mi madre a veces). La abuela, en vez de utilizar anís estrellado (la especia), sacaba la botella de Anís del Mono y le enchufaba a la masa un buen chorrazo, a ojo de buena cubera.

Que me gusten más las de toda la vida, me parece, es por motivos más sentimentales que gastronómicos: sólo su aroma ya me despierta recuerdos infantiles de días de fiesta y me pone contenta. ¿Quizás en cuestión de paladares, después de todo, ese factor sentimental sea lo más importante?

De todas maneras, reconozco que éstas, para cambiar, salen perfectas. La receta es infalible. Mojaditas en un buen café son una delicia.

¡A rosquillear se ha dicho!

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